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Juan Almendares
Mi primera lección y maestra de la Ecología, fue mi madre. El aprendizaje se inició durante viví en su vientre. María Antonia tenía por costumbre conversar conmigo acerca de sus sueños. Cierto día, durante su embarazo, después de caminar varias horas, se sentó bajo la sombra de un frondoso tamarindo y se durmió al ser vencida por el cansancio.
Al despertar se encontraba en un mundo alegre en el cual los animales sonreían y las plantas estaban vivas y fuertes. Era el paraíso donde se respetaban los derechos de los animales, los cuales no eran objeto de caza; por el contrario eran tratados con respeto y cariño, igual que a los árboles, cuyos troncos recibían cada día el matutino abrazo.
Por las mañanas, ella se bañaba en el manantial de pinares y robles e inhalaba el aroma de las flores y resinas del bosque. Era el mundo de hermanos y hermanas, amigos y amigas; compañeros y compañeras de la vida comunitaria.
En aquel paraíso nací, por la vía natural, sin ir a un hospital ni usar drogas o anestésicos. Aquel escenario tierno y estético invitaba a la tranquilidad espiritual de la paz planetaria
Mi grito al nacer no fue de dolor sino de júbilo al respirar una atmosfera de libertad y amor a la verdad. En el ambiente se escuchaba la música armónica del viento que peinaba las hojas y mecía los arboles.
Al crecer fui aprendiendo a conversar con las plantas, los animales y a escuchar atentamente los cuentos y las sabias enseñanzas de las abuelas y de mi propia madre.
En aquel paraíso, con el tiempo, me convertí en un sanador, que solicita permiso a la naturaleza y selecciona la mejor medicina para curar a las personas, a la familia y a la comunidad.
En ese mundo no había dinero y nadie estaba interesado en acumular riqueza a expensas de cortar los arboles, matar a los animalitos, extraer oro para asesinar las piedras. Respetar la vida y la naturaleza eran la mejor manera de reconocer que las medicinas vienen de la Madre Tierra y son producto social del trabajo, del conocimiento y del amor humano.
Madre: le pregunté, cuando ya estaba grandecito. ¿Por qué me contabas esos sueños, si yo todavía no había nacido? Ella me respondió: “Tú estabas vivo en mi vientre, nadando en el líquido de mi barriguita y cuando movías tus pies y estabas inquieto, yo te relajaba y aprendías al escuchar los sueños”.
“Nunca debes olvidar, agregó, que las mejores enseñanzas comienzan antes de nacer y por eso creo cuando seas grande serás un sanador que soñará con las esperanzas de la humanidad planetaria”.
Aquella lección maternal me enseñó que los cuentos tienen la magia de los sueños e iluminan el camino futuro de la vida. “Los sueños, sueños son” y en el curso de la vida, soñar es una de las mejores formas de la comunicación y solidaridad humana.
*Estas cartas fueron inspiradas por el niño Andresito, de El Salvador, que comentó uno de mis artículos sobre el impacto de la minería en Centroamérica.
Tegucigalpa Enero
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